jueves, 13 de febrero de 2014

Fundación Vicente Ferrer


Retirado hace tiempo de estas actividades blogueras, llevo un par de días queriendo contar algo, y en seguida supe que este debía ser el medio.

Cuando llegas por primera vez a India, tus sentidos se saturan, y a veces tienes que mirar abajo y ver que son tus pies los que caminan para saber que no estás en una película o documental. Cuando llegas a Anantapur, esa película se tiñe si cabe aún más del drama humano que se vive a gran escala en este país: sin duda, esos pies se adentran en una zona en la que circunstancias de toda índole (clima, política, cultura...) se han cebado con una población sumida en la pobreza.

La suciedad y los cuerpos inertes, unos durmiendo, otros borrachos, otros esperando que la suerte les indique su final, ya no impresionan. A los días de estar en este país, te empiezas a insensibilizar para bien y para mal. Quizás sea que por eso a los locales no les  "duele" tanto lo que aquí se ve.

Pero la magia existe, y ese paisaje dantesco posee sonrisas y vitalidad: ganas de vivir. Esto es algo que Vicente Ferrer sabía bien, por eso, como nos explicó su esposa, era un fondo sin fin de positivismo: "cuando hay un problema, hay una solución, y cuando no la hay, está la Providencia" decía...

En Anantapur, la Providencia vino en forma de un jesuita soñador, creativo y visionario. Luchó contra muchas adversidades, incluso revisando sus propios valores. Todo ello con una única misión: sacar a miles de personas de una pobreza extrema. Hoy en día, la fundación tiene 6 programas que han permitido a muchas personas alcanzar uno de los derechos proclamados como fundamentales: la dignidad.

Visitar algunos de los proyectos, te conduce por una montaña rusa de emociones acompañadas por la alegría manifiesta y el agradecimiento infinito de esas personas. Ver como niños ciegos comparten aula con aquellos que no lo son, o cómo niñas sordomudas se afanan por hablar contigo en lenguaje de signos, cómo te recibe un poblado en el programa para mujeres, (como si fueras un Embajador), o cómo los niños de centros con discapacidad son tratados por especialistas, enseñados con cariño y acogidos en los centros (sus padres no se lo pueden permitir), no deja lugar sino al estremecimiento. Entonces, a pesar de saberlo, tomé conciencia real de lo que es la "humanidad": todos somos iguales en esencia y por tanto necesitamos y merecemos esencialmente lo mismo.

 "Nadie imagina cuando empieza que va a llegar a esto" explicaba Ana Ferrer cuando le expresamos nuestra admiración por la magnitud de lo que se ha instituido. Los datos que Sheeba nos dio son tan abrumadores que es difícil memorizarlos, pero para eso está la web y las estadísticas. Lo hermoso es cuando esas estadísticas te miran cara a cara, y las ves sonreír, y percibes su esperanza y júbilo. Entonces no cabe la tristeza por su condición desaventajada con nuestra sociedad, sino alegría porque pueden disfrutar de una vida, oportunidades y atenciones que hace unos años eran inimaginables para ellos. No es de extrañar que al igual que de otras personalidades y dioses, el pueblo de Anantapur  haya dedicado una estatua dorada a Vicente Ferrer a escaso un kilómetro de las instalaciones centrales.

La locura de un hombre bondadoso acompañado de su mujer es un mensaje de positivismo y esperanza en el ser humano. Me retumba desde entonces una pregunta en la mente desde que vi todo esto: ¿cómo sería este mundo si todos le pusiéramos tan sólo un 10% de la actitud que Vicente tenía ante la vida? Cada uno que visualice por sí mismo la respuesta en su cabeza.

Yo ya me despido, no sin antes invitaros a que entréis en la web y buceéis en el trabajo de esta admirable asociación, y que entendáis que al otro lado de esa pantalla hay cientos de personas trabajando y miles viéndose beneficiadas. http://www.fundacionvicenteferrer.org/es/

Y si tenéis la oportunidad, no dejéis de ir a Anantapur a vivir en primera persona la Fundación Vicente Ferrer.

Buenas noches!