lunes, 31 de agosto de 2009

Cinco minutos


Impaciente, Ana miró una vez más el reloj de la estación: faltaban cinco minutos para que el tren llegara y él aún no había aparecido. Mordisqueaba nerviosamente la uña de su dedo índice de la mano izquierda. En la derecha sujetaba uno de los best-sellers que se multiplicaban por toda la red de transporte público de la ciudad. El cartel indicador de la estación informaba de que el próximo tren llegaría en un minuto. Volvió a mirar el reloj y comenzó a desesperarse.

Víctor corría por el campus de la universidad sorteando a los estudiantes que encontraba a su paso, en ocasiones golpeándolos involuntariamente con un codo o la mochila en su afán por abrirse paso. Se arrepintió de haber entrado en aquella tutoría que además de pesada resultó del todo improductiva. Ahora tenía tan sólo cinco minutos para coger el tren de las 18:15, el momento que esperaba con más ansias cada día.

Ana subió al tren mirando hacia atrás, con los ojos clavados en la puerta de la estación. Se sentó al lado de la ventana y abrió el libro por ninguna parte, esperando a que él apareciera de repente. “Si ni siquiera sé su nombre” intentó consolarse para tratar de apartarse de la ridiculez de su comportamiento infantil, pero la sola idea de dejar de asistir al ritual de miradas que tanto la envolvían, que tanto la embriagaban, le producía un frío sudor en las manos.

Víctor sacó en carrera el abono de transportes. Al llegar a la estación echó un ojo al reloj, que marcaba las 18:14. Introdujo el abono que le devolvió la máquina, indicando en la pantalla ticket no valido. “Mierda, se me olvidó renovarlo!” Sin pensarlo dos veces saltó el torno y corrió hacia el andén. Aquello no podía pasarle: aquella mañana había decidido de una vez que esa tarde hablaría con la chica pelirroja de ojos verdes que le erizaba el vello con la mirada. No podía pasarle.

Ana divisó la silueta del chico abalanzándose hacia el tren al tiempo que el maquinista hacía sonar el silbato indicando la salida del mismo. El corazón empezó a bombearle a mil por hora.

Víctor veía cómo las puertas se cerraban ante sí, e intentó abrirla pulsando el botón insistentemente mientras el tren ya avanzaba. El terror se apoderó de él, e intentó encontrar la mirada de ojos verdes a través de los cristales como si no conseguirlo le fuese a costar la vida. Exhausto, su aliento sintió que se marchaba con aquel tren.

Ana se acercó al chico por la espalda y dijo timidamente: “Pensaba que ya no te iba a ver hoy”

Víctor se dio la vuelta y se le iluminó la cara al ver los preciosos ojos de la chica y dijo: “Yo pensaba que ya se había terminado este día”

miércoles, 26 de agosto de 2009

Partido Medieval

Hacía tiempo que esta idea no me corría por la cabeza, pero estaba esta mañana en una cafetería desayunando y he visto que un tipo ha asesinado tiros a su pareja embarazada y no he podido evitar pensarlo de nuevo. Acabo de leer que el bebé ha muerto.

Estamos en una sociedad en la que parece que todo vale, y en la que la defensa de los derechos humanos parece estar más a favor del que comete delitos. Bajo el paraguas de estos derechos y con el argumento de la reinserción, andamos con nuestros impuestos alimentando a una panda de golfos, asesinos y maleantes convirtiéndonos en el país de Europa con un mayor número de presos. La privación de la libertad es un castigo, pero quedarte inválido, psicológicamente mermado para los restos o muerto creo que es bastante peor.

"El Partido Medieval es la solución" digo a aquellos con los que comento esta circunstancia, en esa mezcla de humor negro y deseo de justicia radical que a veces me invade. Y es que, pienso con pleno convencimiento, que si, por poner un ejemplo, a los pederastas les dieran descargas con dos pinzas en las pelotas o se las cortaran con un cuchillo de sierra para cortar pan y a los pirómanos los quemaran en las hogueras y además lo retransmitieran cual Gran Hermano a toda la población, serviría de ejemplo y otro gallo nos cantaría.

Un señor mayor me decía que el maltrato a la mujer siempre ha existido, y me contaba el caso de su cuñada al que el marido le zurraba. La hermana de la mujer fue a la Guardia Civil a denunciarlo porque ella no se atrevía, y le dijeron al marido que no se pasara, que una torta todavía podía darle, pero sin pasarse (eran otros tiempos). El caso es que el tipo volvió a endiñarle, y cuando lo denunciaron lo cogieron, lo metieron en el cuartel y le dieron por lo menos las mismas que le había dado a su mujer. El tío no volvió a tocarla.

El otro día se generaba una gran polémica porque querían poner cámaras de seguridad en medio de la ciudad, y había quien se escandalizaba porque aquello parecía suponer un atentado contra la privacidad. Honestamente, yo creo que el único crimen que podría yo realizar y quedar registrado en esas cámaras sería sacarme un moco, y la verdad, es que me importa poco que me graben. Quizás es que no tengo mucho que esconder.

No estaría mal que revisaran las leyes para evitar que la justicia genere tantísima injusticia, pero quizás los políticos no quieran ser demasiado duros en esta materia, porque quién sabe si un día les tocaría estar a ellos en la hoguera...

Lo peor de todo, es que cuando hablo de esto, la mayoría de la gente me dice: "si montas ese partido, yo te voto"