Los juegos de mesa estan en decadencia, y una vez más desde este rincón quiero luchar por la recuperación de esta modalidad de ocio que tantas horas han llenado en nuestras vidas.
Jugar a juegos de mesa es todo un experimento familiar. Para empezar hay que elegir ficha, y como pasa con todas las cosas de la vida siempre hay dos jugadores, normalmente hermanos, que quieren la misma ficha, y ahí se genera la primera contienda, habitualmente resuelta por la figura paternal de forma sabia y autoritaria: "Ni pa uno ni pal otro, la ficha roja para mi, y San Seacabo". Y claro, no hay cojones de rechistar a tu padre y menos amparado en la palabra de un santo. En ese instante lo normal es la huída refunfuñante acompañada de la frase llorosa "pues ya no juego". Entonces se levantaba la madre mirando con cara de asesina al padre y dice "venga cariño, ven a jugar, que ya sabes que tu padre sólo se le da bien la tragaperras". Y el padre contesta, "Al menos no me dejo la pensión en el bingo como hace tu madre, que con la de horas que pasa jugando ya no sé si va a jugar o a cantar las bolas", "¡No te consiento que insultes a mi madre! ella siempre está aquí puntual a las 10" "¡Bingo!" grita la vieja. Y ya se monta el pollo.
Lo normal en las partidas familiares de juegos de mesa es no llegar a tirar los dados para ver quien sale. La partida suele disolverse antes con un cabreo generalizado y a lo largo del día se viven situaciones tensas como cuando el padre se cruza con la madre y dice "... tragaperras... tragaperras... TRAGAPORRAS"
Los juegos de mesa tuvieron su momento de auge en los años sesenta. Tal fue el éxito, que Geyper sacó los Juegos Reunidos, para terror del resto de fabricantes de juegos de mesa. Y es que los Juegos Reunidos eran el sueño de todo chaval, ya que en una sola caja tenías 60 juegos, aunque realmente sólo sabías jugar a 4: el parchís, la oca, la escalera y otro a libre elección. Pero lo que realmente marcó la diferencia de los Juegos Reunidos con respecto al resto de juegos del mundo eran los cubiletes. ¡Qué gran invento el cubilete! A juego con el color de tu ficha, tenía la imprescindible función de agitar el dado sin desgastarte la mano. A pesar de venir sin instrucciones parece como si en algún sitio hubieramos leído "para un correcto uso del cubilete se deberá agitar cuatro veces antes de lanzar el dado" "taca taca taca tá" Ese sonido si no estás en el juego puede llegar a poner histérico a cualquiera. Ese, y apurar un yougurt en envase de cristal durante más de 10 segundos.
Con el paso de los años se pierden fichas, y por la ficha verde hay que utilizar una casita del Monopoly, por la marrón la peluca de un click de playmobil, y los dados son de tres tamaños diferentes, y algunos no entran en el cubilete...
!Qué juegos aquellos! La Oca es un juego acojonante que consiste en llegar desde a primera casilla hasta la última, y gana el que llega el primero, muy original ¿eh?. Pero el Juego de la Oca tiene una función que va mucho más allá del mero entretenimiento, y es que la Oca fomenta la poesía, ya que si caes en una casilla con una oca ocurre algo extraordinario "de oca a oca tiro y tiro porque me toca", pero eso no es todo, si caes en un puente "de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente". Y Becker empezó con la Oca y fijaros como acabó. Con la tontería de los pareados llegaba el abuelo y te decía "de gaviota a gaviota y tiro porque me sale de las...". Pero lo cojonudo del Juego de la Oca era que le dabas la vuelta al tablero y tenías el Parchís.
El Parchís, me atrevería a asegurar que es el juego de mesa por antonomasia. Yo creo que el principal éxito del parchís es el canibalismo, ya que es el único juego donde puedes comerte al contrincante, y quieras que no eso tiene su morbo. Realmente, la obsesión, más que ganar es la de comerte al contrincante, ¿Porque te cuentas veinte? NO, porque el subidón de enviar al otro a su puñetera casa es inigualable... ¡Cómo nos gusta humillar! Estoy seguro de que si hubiera un juego que permitiera al que gana arrancarle un pelo del culo al que pierde, se agotaría al instante en las tiendas.
Luego vino el Monopoly, que fue el juego que le regalaron a Paco el Pocero, y fíjate por donde va el tío. Este incluía como nueva componente la tridimensionalidad, y es que eso de poner casitas molaba un huevo.
Finalmente se crearon los juegos para fomentar la creatividad como el Pictionary, Tabú... estos juegos eran más de reuniones de amiguetes que desvariaban alrededor de cubatas.
Hoy las consolas, se han cargado los juegos de mesa para desgracia de la humanidad, y ahí tenemos olvidados los Juegos Reunidos, que digo yo, que podríamos algún día sacarlos de detrás del armario, ¿no?
Deivid, mus siempre con mi mano.
A esta noche de verano
Hace 15 horas



2 comentarios:
No puedo menos que quitarme el sombrero.. poder más puedo, pero tengo que pensarlo. Esto es una entrada y lo demás son tonterías. Mis más sinceras fecilitaciones. Sí, pone fecilitaciones sí..
Los juegos mejores son los de debajo de la mesa, me gusta tu artículo...
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